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miércoles, 19 de junio de 2013

Ángel Sanz Briz: el Schindler español


Ángel Sanz Briz
 
Ángel Sanz Briz (Zaragoza, 1910-Roma, 1980) fue un diplomático español que, al igual que el famoso Oskar Schindler, salvó a muchos judíos de la barbarie nazi. En 1942 fue destinado a la embajada de Budapest, al frente de la cual se encontraba el representante de negocios Miguel Ángel de Muguiro. Por aquel entonces, en plena Segunda Guerra Mundial, la Hungría del almirante Horty era un aliado de Alemania.

En Hungría habitaban en torno a 850.000 judíos. Su situación se volvió acuciante cuando, en marzo de 1944, Hitler ordenó la invasión de Hungría para evitar que sus dirigentes firmasen una paz por separado con los Aliados. Fue entonces cuando llegó a Budapest el siniestro Adolf Eichmann dispuesto a aplicar su solución final contra los judíos del país magiar. Así, comenzó a aplicarse en Hungría un estricto código antisemita, se concentró a los judíos en guetos y se iniciaron las deportaciones hacia los campos de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau.

Miguel Ángel de Muguiro

Miguel Ángel de Muguiro y Ángel Sanz coincidían al contemplar con pavor la situación del pueblo judío. Fue entonces cuando Muguiro rescató el Decreto de 20 de diciembre de 1924, por el cual se concedía la nacionalidad española a las personas de origen sefardí -descendientes de los judíos expulsados por los Reyes Católicos en 1492- que la solicitasen. Promulgado durante la dictadura de Primo de Rivera, el decreto había sido derogado en 1931 con el advenimiento de la II República. Sin embargo, los alemanes no lo sabían y gracias a esta argucia se salvaron muchas personas:

"En un primer arrojo de gallardía, consiguen visados españoles y enviar a Tánger un cargamento de 500 niños, destinados a la cámara de gas en Polonia." (1)

Este hecho despertó las suspicacias de los alemanes, que lograron la destitución de Muguiro. Quedaba al frente de la embajada Ángel Sanz, cuyas gestiones y peticiones de ayuda al Ministerio de Asuntos Exteriores no recibieron respuesta. Es decir, el Gobierno se mostraba extremadamente ambiguo y prudente, pero le dejaba hacer. A mediados de 1944 ya habían sido deportados 500.000 judíos y Sanz estaba dispuesto a salvar el mayor número de vidas posible. Fue entonces cuando se ganó el apodo de Ángel de Budapest: obtuvo doscientos visados del Gobierno de Hungría para la población española de Hungría. Sin embargo, con estos salvoconductos logró salvar nada menos que a 5.200 judíos, de los cuales sólo 200 eran de origen sefardí. Su genial estratagema, apoyado por el italiano Giorgio Perlasca, consistió en convertir los visados personales en familiares, dividiéndolos en series que permitían aumentar indefinidamente esas "familias". Incluso pagó de su propio bolsillo el alquiler de inmuebles para ocultar a estas personas mientras esperaban su salida de Budapest.

A finales de 1944, dada la proximidad de las tropas soviéticas, Ángel Sanz abandonó la embajada española de Hungría. Sin embargo, su labor tuvo continuidad gracias a su colaborador Perlasca, que se hizo pasar por cónsul español.

La actuación de Sanz no tuvo reconocimiento por parte del Régimen, si bien sus gerifaltes trataron de apuntarse años más tarde los méritos del diplomático afirmando que se le había dado la orden expresa de actuar del modo en que actuó. En 1991, Ángel Sanz Briz fue reconocido por Israel como "Justo entre las Naciones" y, en 1994, por el Gobierno de Hungría con la Gran Cruz de la Orden al Mérito Civil de la República Húngara.

 
 
(1) CLAROS PARRA, Sandra.
 
FUENTES
 
 

miércoles, 8 de mayo de 2013

El Vietnam soviético: La Guerra de Afganistán (1979-1989)


Soldado soviético durante la guerra de Afganistán. 1988. Autor: Mijaíl Yevstáfiev
 
 
Afganistán fue el Vietnam soviético. Esta afirmación se debe a las pautas comunes que compartió el conflicto ruso-afgano con la derrota estadounidense en Vietnam en el marco de la Guerra Fría. En efecto, se pueden señalar algunos aspectos compartidos: por un lado, las dos grandes potencias como agresoras (EEUU-URSS), sobradas de recursos de todo tipo y dotadas de impresionantes ejércitos; en apoyo de pequeños aliados cuyos problemas podían generar inestabilidad en áreas de importancia geoestratégica (Vietnam del Sur para EEUU; Afganistán para la URSS) frente a grupos que intentaban alterar esa relación de poder (Vietnam del Norte y comunistas; Muyahidines), generando así, a su vez, un conflicto indirecto con la otra potencia mundial. Por otro lado, un país económicamente poco desarrollado y políticamente diminuto frente al atacante, pero que acabó convirtiéndose en un verdadero quebradero de cabeza, y un pozo sin fondo al que fueron a parar ingentes recursos económicos, materiales y humanos que acabaron socavando parcialmente el poderío de la potencia invasora. En este caso, la Unión Soviética.
 
En 1978 se había producido un golpe de Estado en Afganistán, que llevó a la instauración de un régimen comunista liderado por Mohamed Taraki, del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). Éste trató de introducir profundas reformas económicas y sociales. En el primer caso, la base de su gobierno fue una reforma agraria que implicó la creación de cooperativas agrícolas. En el aspecto social -y debemos recordar que la afgana era una sociedad cuasifeudal- buscó implantar el laicismo, iniciativa que chocó con férreas resistencias. De este modo, a lo largo de 1979 comenzaron a formarse guerrillas que derivaron en la rebelión de los muyahidines, fundamentalistas islámicos. Todo ello coincidió con la división que existía en el seno del PDPA, que llevó al golpe de Estado del primer ministro Amín, en el que Taraki fue derrocado.
 
Mohamed Taraki instauró un Gobierno prosoviético
 
A las cuestiones indicadas debemos sumar el temor de Moscú a un contagio islamista a las repúblicas soviéticas vecinas, así como su ambición de abrir una nueva vía hacia las regiones petrolíferas de Irán e Irak. La situación acabó derivando en la invasión de Afganistán por parte de tropas soviéticas el 25 de diciembre de 1979, lo cual implicó la ayuda a los muyahidines -y al grupo más radical, los talibanes- por parte del gobierno del presidente estadounidense Carter, estableciéndose un nuevo conflicto indirecto entre ambas potencias que enturbió el llamado clima de distensión.

Más de cien mil soldados soviéticos ocuparon el territorio afgano, contando con unos dos mil carros de combate  y los más efectivos -dado lo abrupto del terreno y la escasez de carreteras- helicópteros Mi-8. Frente a ellos tenían a un enemigo fanático y obstinado pero que, a diferencia del Vietcong, no contaba con un mando unificado y sus acciones no obedecían a una estrategia bien planificada.


Muyahidines en la provincia de Kunar, 1987. Autor: Erwin Lux

Pero las dificultades del terreno, el fanatismo de la guerrilla y el suministro de armas y financiación por parte de los Estados Unidos llevaron a la prolongación y estancamiento del conflicto, con numerosas bajas para la Unión Soviética. Debe señalarse que los guerrilleros contaron también con apoyo de otros países como China y Pakistán, e incluso con combatientes voluntarios musulmanes de diversas nacionalidades. De ahí que su área de mayor resistencia estuviese situada en los valles fronterizos con Pakistán, asegurándose así las rutas para la recepción de armamento y material extranjeros. Así mismo, cada vez más afganos se unieron a las filas guerrilleras al creer que el Gobierno de Kabul no era más que un títere de Moscú.
 
De este modo, la ocupación soviética duró hasta el 15 de febrero de 1989, sin lograr derrotar la resistencia islamista. Un año antes, en el marco de la perestroika, Mijaíl Gorbachov firmó con EEUU, Pakistán y Afganistán un acuerdo para la retirada de sus tropas. En Afganistán quedaba abierta una guerra civil que culminó con el derrocamiento del PDPA en 1992 y el establecimiento del régimen de los talibanes en 1996. La sangría económica, las bajas y los nulos resultados hicieron que la derrota causase gran consternación en la Unión Soviética.
 
 
Sello conmemorativo de la Perestroika, 1988.
 
 
FUENTES
 
 
VV.AA.: Atlas de Historia del Mundo. Barcelona. Parragon Books, 2006.
 
historiasiglo20.org

Documental "La Guerra de Afganistán (1978-1992)"

domingo, 16 de septiembre de 2012

Política exterior en Hispanoamérica durante los Gobiernos de la UCD




La Transición política de la dictadura a la democracia implicó un cambio profundo en la concepción y ejecución de la política exterior. Es necesario recordar que los últimos años de la dictadura supusieron un gran ostracismo internacional para España, con un régimen anacrónico en el contexto de Europa occidental. Fue necesario que los nuevos gobiernos democráticos buscasen una serie de vías para integrar plenamente a España en el contexto internacional, desarrollando la acción exterior en las diferentes áreas del mundo en que España tenía intereses y potencialidades.

Uno de los principales objetivos de los gobiernos ucedistas fue el de convertir a España en un puente entre Europa, Hispanoamérica y el mundo árabe.[1] Se pretendía estrechar lazos con los Estados hispanoamericanos, con los que España tenía indudables vínculos culturales y económicos.


Gobiernos de Suárez

Durante el mandato de Adolfo Suárez, por su empeño personal, el espacio hispanoamericano se consideró como prioritario para la política exterior española, como complementario al proceso de integración en Europa y el ámbito occidental. El ahínco del presidente llevó a que Marcelino Oreja, Ministro de Exteriores, quedase relegado a un segundo plano en la acción exterior española en este ámbito.

Esta política en Hispanoamérica fue denominada como «tercera vía», con la que España trató de convertirse en el referente político para los Estados hispanoamericanos, defender los derechos humanos y exportar la concepción democrática. También existía la concepción de España como puente entre Latinoamérica y Europa. Para Lemus y Pereira esto constituía «una total ingenuidad, porque en realidad los países miembros tenían ya sólidos lazos con América».[2] En este sentido, el éxito residió en que esta nueva consideración de las relaciones con Latinoamérica fue una buena base para las relaciones con los Estados americanos. Cabe destacar el gran protagonismo que tuvo el presidente Suárez en las relaciones con las repúblicas latinoamericanas, hasta el punto de que estableció una serie de lazos personales con gobernantes americanos. De este modo, Suárez relegó a un segundo plano a Marcelino Oreja en las relaciones con Hispanoamérica.

La mencionada intencionalidad de puente entre Europa y Latinoamérica buscaba fortalecer el papel de España de cara a la adhesión a la CEE. Juan Carlos I jugó un papel fundamental hasta 1978 en las relaciones con Hispanoamérica. Para Freres y Sanz, el área de Centroamérica fue aquella en la que la diplomacia española actuó con mayor intensidad, por la existencia de inestabilidad y conflictos militares, así como la ausencia de intereses españoles de peso que pudieran perjudicarse.[3]

Resultó clave la transformación, el 26 de agosto de 1977, del Instituto de Cultura Hispánica en Centro Iberoamericano de Cooperación y, en 1979, en el Instituto de Cooperación Iberoamericana. Entre el 8 y 16 de octubre, Marcelino Oreja viajó con los reyes a Venezuela, Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá, con la finalidad de estrechar lazos. Marcelino Oreja relata en sus memorias cómo, tras su viaje, decidió que la proyección política, cultural, migratoria, de cooperación y de asistencia estuviesen concentradas en el Ministerio de Asuntos Exteriores.[4]

La presencia española se intensificó en la región, insertándose en el Pacto Andino con la firma, el 11 de agosto de 1979, de la Declaración de Quito. El día 19, España recibió el estatuto de Estado observador en dicha organización. También se insertó en el Comité directivo del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial como cabeza de grupo del área norte de Iberoamérica en otoño de 1978; en la CEPAL (Comisión Económica de América Latina) el 27 de abril de 1979; y actuó como observadora en la VI Conferencia de Países no Alienados celebrada en La Habana en septiembre de 1979[5]

Las relaciones económicas y culturales aumentaron y el comercio con México, Venezuela y Argentina se incrementó notablemente. Por otra parte, España comenzó una política de cooperación al desarrollo con el Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD).[6] No obstante, para Freres y Sanz hubo varios defectos en la acción española: falta de experiencia en política exterior, ausencia de líneas de acción definidas y falta de recursos.[7]

Guatemala

 Se rompieron las relaciones diplomáticas con Guatemala a raíz del brutal asalto de la policía a la embajada española tras haber sido ocupada por unos campesinos el 31 de enero de 1980, causando algunas muertes e hiriendo al embajador Cajal.

Cuba

Suárez se convirtió en el primer presidente europeo y democrático en visitar Cuba en septiembre de 1978 y, nuevamente, en septiembre de 1979 con motivo de la VI Cumbre de los Países No Alineados. En sus memorias, Marcelino Oreja señala sus discrepancias con Suárez, por no considerar oportuno asistir a un organismo que en aquellos momentos tenía una tendencia pro-soviética:
«Ya teníamos Constitución y Estatuto Vasco y ahora debíamos marcar claramente nuestra posición en dirección a la Alianza Atlántica y acelerar nuestro ingreso en el Mercado Común. Ése era nuestro sitio.»[8]

Las manifestaciones de Fidel Castro oponiéndose a la entrada de España en la OTAN fueron consideradas por la diplomacia española como una injerencia que causó la protesta oficial de Madrid.

Argentina

El viaje de los reyes a la Argentina de Videla entre el 26 y 30 de noviembre despertó polémicas en España, por tratarse de una dictadura militar que vulneraba los derechos humanos. Las protestas más duras fueron las del PSOE, que desde el anuncio del viaje en agosto se posicionó en contra y trató de evitarlo en el Congreso de los Diputados. No obstante, el rey hizo el viaje a Argentina, y en su discurso defendió los derechos humanos.


Gobierno de Calvo-Sotelo

Durante el mandato de Calvo-Sotelo, la acción exterior española en Hispanoamérica se vio notablemente reducida, orientada hacia la CEE y la OTAN. Además, la dimisión de Suárez coincidió con la llegada de Reagan a la Casablanca, reacio a que otros países se inmiscuyeran en el continente americano. No obstante, Calvo-Sotelo no perdió de vista la importancia del ámbito Hispanoamericano, por lo que se alineó con los Estados Unidos su política hacia Hispanoamérica.[9] 

 Durante la guerra de las Malvinas se apoyó la reivindicación argentina, estableciendo paralelismos con la cuestión de Gibraltar. España se abstuvo en el Consejo de Seguridad de las Naciones unidas ante la resolución británica. A pesar de ello y llegado el momento, España tuvo que elegir entre Argentina o la Comunidad Europea.[10]


[1] MARQUINA, A: “La política exterior de los gobiernos de la Unión de Centro Democrático” en TUSELL, J. y SOTO, A. (eds.): Historia de la transición (1975-1986). Madrid. Alianza Universidad, 1996, pp.194-185.
[2] LEMUS, E. y PEREIRA, J.C.: “Transición y política exterior (1975-1986)” en PEREIRA, J.C. (Coord.): La política exterior de España. De 1800 hasta hoy. Barcelona. Ariel, 2010, p.680.
[3] FRERES, C. y SANZ, A.: “La política exterior hacia América Latina desde la Transición. Una visión crítica” en TUSELL, J., AVILÉS, J. y PARDO, R. (Eds.): La política exterior de España en el siglo XX. Madrid, UNED-Biblioteca Nueva, 2000, p.552.
[4] OREJA, M.: Memoria y esperanza. Relatos de una vida. Madrid. La Esfera de los libros. 2011, p.194.
[4] MARQUINA, A.: Op.Cit., p.199.
[5] LEMUS, E. y PEREIRA, J.C.: Op.Cit., p.681.
[6] POWELL, C.: “Cambio de régimen y política exterior: España, 1975-1989” en TUSELL, J., AVILÉS, J. y PARDO, R. (Eds.): La política exterior de España en el siglo XX. Madrid, UNED-Biblioteca Nueva, 2000, p.432
[7] FRERES, C. y SANZ, A.: Op.Cit., p.553.
[8] OREJA, M.: Op.Cit., p.332.
[9] FRERES, C. y SANZ, A.: Op.Cit., p.553.
[10] MARQUINA, A.: Op.Cit., p.206.

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